Silencio. Un escenario. Un auditorio. Vacío. Mesas. Sillas. Vacías. Silencio.
El escenario. Un acordeón sobre una silla. En una esquina. Una toca roja. Tirada en el suelo. Una rosa blanca en medio del escenario.
El auditorio. Las sillas sobre las mesas. Todas. Dos no. En el suelo. Cerca de una mesa. Dos copas llenas en medio de la mesa. Separadas.
Silencio. No. Dos acordes al fondo. Más acordes. Una melodía.
El acordeón empieza a tomar vida. De él sale un tango. Tango. Poderosa palabra. Palabra que encierra tantas cosas. Palabra con fuerza y garra. Símbolo de pasión y poderío. Los sentimientos latentes en el corazón latino.
La Tentación. Dos cuerpos pegados el uno al otro. La camisa empapada de sudor. La carne humana.
El Alma. ¿El alma pura del baile o tal vez un alma que se purifica con el baile? ¿O acaso el Animal que se rebela? ¿El animal que sale y se deja ver, motivado por el tango apasionado y salvaje?
Nadie. Sólo un hombre y una mujer. Nadie salvo los dos protagonistas. Ellos y la música. Nadie más. Nadie. Sólo dos cuerpos en una lucha interna. ¿Por qué no rendirse ante la pasión del tango?
La Grandeza. Tango. Baile de alturas, de rabia, de liberación. Pero también de realeza. En él se ve la sangre de un león, de un tigre, de un puma negro como el baile: misterioso, fascinante, poderoso, peligroso. Suave como la piel de un puma. Tierno, pero peligroso. Marcado.
La Obstinación. Dejamos salir nuestros más íntimos deseos. Ya no los ocultamos. El tango se ha apoderado de nosotros. Nosotros nos dejamos llevar. Nos entregamos a él. Somos marionetas en sus manos. No tenemos fuerza de voluntad. Su obstinación. Él nos maneja a su antojo. No nos soltará hasta que él quiera. Nos demuestra quién es el más fuerte. Estos cuerpos son tuyos, tango.
Tango sabe que es él el que tiene el mando. Él dirige la música, su arma letal. El cuerpo enlazado siente cada vez más el arma a su espalda. El dominio es total. No hay posibilidad de rebelión. Estamos atrapados. Indefensos. Tango no nos suelta. Los dos luchamos entre nosotros. No hay otra salida. Nadie domina. Los brazos se entrelazan. Se entrelazan las piernas. ¿La satisfacción? Una mano. Una pierna. Un vestido rajado.
Tango se inclina por ella. Le hace ver que es ella la que tiene el poder ahora. La lucha está decidida. Él se arrodilla ante ella. Él es el perdedor.
La música va disminuyendo. Cuatro acordes. Tres acordes. Silencio. El acordeón se calló.
Silencio. Un escenario. Vacío. Un auditorio. Vacío. Mesas. Sillas. Vacías. Silencio.
El escenario. Un acordeón al lado de una silla. En una esquina. Ninguna toca roja. El suelo vacío. Ninguna rosa blanca en el medio del escenario.
El auditorio. Las sillas sobre las mesas. Todas. Dos no. En el suelo cerca de una mesa. Dos copas vacías en la mesa. Juntas. Una rosa blanca entre ellas. Una toca roja sobre una silla.
Silencio. No. Ruido al fondo. Alboroto. Se abre el local.
Entren, señores y señoras, damas y caballeros. Vengan al romanticismo. Vengan a la melancolía. La primera consumición gratis. Abierto toda la noche. Escuchen a Spaventa. Déjense llevar por el encanto de Gardel. – ¿¡Os queréis callar de una vez!?- Tango, embrújanos. Disfruten del mejor servicio. Puro para el caballero, rosa blanca para la dama …
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