Situación: necesitamos traducir algo – un contrato, una web, un folleto, un libro… ¿Qué escogemos: un traductor automático o un traductor humano?
El traductor automático (a partir de ahora, lo llamaremos el “automático”, por lo de ahorrar tiempo – el tiempo es oro y todo eso) hará la traducción mucho más rápido y gratis, qué duda cabe. Ergo, ahorramos tiempo, es decir, dinero, es decir, oro. Sin embargo, al echarle un vistazo al resultado que el automático considera digno de presentarnos, nos encontramos con una traducción literal, acepciones incorrectas en caso de polisemia o falta de congruencia gramatical, por mencionar solo algunos de los aspectos que pueden destrozar una traducción.
¿En este caso el tiempo es realmente oro?
Al humano, sin duda, le lleva más tiempo hacer una traducción, pero a cambio nos entrega un resultado libre de errores gramaticales, contrastado con diversas fuentes para elegir el vocabulario adecuado al contexto, además de la fluidez, la coherencia y la cohesión que el automático no ha sabido transmitir.
Digamos que hemos optado por el automático. Visto el resultado no nos queda otra que:
A) Pasarle el resultado a un humano, bien sea traductor o corrector, para que lo corrija y pula;
B) Pedirle a un humano que haga otra traducción arrancando desde cero.
En el caso A, el humano no solo tendrá que corregir gramática y estilo, sino también comparar el resultado con el texto original para garantizar la fidelidad de la traducción. En estas circunstancias, el oro es tiempo. Lo que hemos ahorrado en tiempo y dinero con el automático, lo perdemos ahora por partida doble: el tiempo extra que invertirá el humano, más el coste de su trabajo.
En el caso B, el humano cobrará la tarifa acordada por hacer la traducción, cierto, pero al menos habremos ahorrado el tiempo que nos hizo perder el automático. O sea, el dinero pagado al humano se convierte en tiempo ganado. El tiempo es oro.
En vuestras manos está decidir. ¿El tiempo es oro o es el oro tiempo?